sábado, 26 de diciembre de 2015

"Es tarde... "



   (Basado en una historia real. La historia y los nombres se han modificado)

   Antes del fin del curso a Sara le habían dicho sus profesores que iba bastante mal en alguna asignatura y que, posiblemente, haría falta meterla en el programa de recuperaciones de la escuela para poder llevar mejor el curso que le esperaba tras el verano. Noticia que no le agradó demasiado ya que ese programa tenía mala fama por la clase de alumnos que había en él. Pero no tenía elección si quería sacar el curso y no repetir.

   [24 de Septiembre de 2013]

   Tras las vacaciones, durante la segunda semana de empezar el curso, tuvo su primera clase de recuperación. Nada más entrar todos los alumnos se le quedaron mirando pero al momento volvieron las cabezas para seguir haciendo sus deberes. Todos excepto tres de ellos que estaban situados al final de la clase en un extremo y formando un pequeño grupito con las mesas. Eran dos chicos y una chica que le miraban con una ligera sonrisa y cuyos ojos no apartaban de cada uno de los movimientos que ella hacía.

   Una hora después la clase terminaba. Sara estaba recogiendo sus cosas cuando la chica pasó por su lado, le dejó una pequeña nota doblada y se marchó con sus dos amigos sin apartar la vista de Sara y con la sonrisilla que había mantenido desde que entrara en clase. Abrió la nota y un escalofrío recorrió cada pequeña parte de su cuerpo: “Bienvenida a tu infierno”.

   (2 de Noviembre de 1990)

   “Carlos muérete” es lo que me he encontrado escrito en el pupitre esta mañana cuando he llegado a clase. Estoy cansado de soportar esto todos y cada uno de los días de mi vida. Es como vivir en un infierno desde que me levanto hasta que me acuesto. Le he dicho a mis padres que quiero que hablen con la profesora pero, como siempre, sus vidas son mucho más importantes que la de su propio hijo…

   [11 de Octubre 2013]

   Ya habían pasado varias semanas y las cosas empeoraban. Ya no solo eran miradas, notas,… Las cosas que le hacían iban aumentando: la perseguían a la salida del instituto, la insultaban, la humillaban.

   Durante la clase de Educación física coincidieron los cursos de Sara y los tres abusones del aula de recuperación. Tras finalizar los calentamientos los profesores de ambas clases decidieron juntarles a todos. Les dividieron en cuatro grupos para hacer varios partidos de hockey al mismo tiempo.

   A ella le tocó jugar contra el grupo en el que estaban ellos tres. A mitad del partido uno de sus compañeros hizo que tropezara con tan mala suerte que golpeo en la pierna a Diego, uno de los tres abusones, con su stick. Diego cogió del brazo a Sara, acercó la boca a su oído y le susurró: “Estás acabada, estúpida”. Al llegar los profesores, Diego se alejó como si nada hubiera pasado y, acompañado por su profesor, se fue a la enfermería.

   Tras salir, Diego fue al baño para limpiarse un poco de sangre que le quedaba en el pantalón. A los 5 minutos todas las luces del cuarto de baño se apagaron y un repentino aire helado inundó todo. Una de las puertas de los retretes se abrió lentamente. Cuando se acercó vio que algo estaba escrito en grande dentro, en la pared: “La cuenta atrás ha comenzado”. Diego no le dio demasiada importancia pensando que eran estupideces de los niños de primero de la ESO y se fue.

   (13 de Diciembre de 1990)

   Acabo de llegar a casa. Hoy he terminado en la enfermería. Gracias a que ha aparecido Eva a tiempo no han podido terminar pero la paliza que me han dado ha sido muy grande. Me quieren matar… Se lo he visto en sus ojos. Tengo que hacer algo. No puedo más. Mis padres todavía no han llegado de trabajar, tengo que intentar que no sepan nada de lo que me han hecho. La cara no me la han tocado así que será más fácil ocultarlo. Si esto sigue así, se lo diré. Me quiero cambiar de colegio.

   [14 de Octubre de 2013]

   Sara no sabía qué iba a encontrarse tras el incidente de la semana anterior. Tenía miedo de la inmerecible pero posible venganza de Diego.

   Al entrar en el instituto notaba que los chicos y chicas la miraban y cuchicheaban. Según iba caminando se iba encontrando a más y más alumnos que, a sus espaldas, empezaban a hablar o se iban cuando la veían aparecer. Entonces fue cuando lo vio. Su taquilla estaba completamente destrozada, sus cosas por el suelo algunas incluso quemadas, sus libros destrozados,… “Pero, ¿esto qué es?” pensó para sí. Se agachó lentamente para revisar sus cosas y los daños sufridos. No quedaba nada sin haber sido tocado.

   Se levantó, giró la cabeza y ahí estaban en una esquina Diego y sus amigos mirándola y sonriendo.
 - ¿Qué ha pasado? – Al momento apareció Vera absolutamente asombrada -. ¿Han sido ellos?
 - Pues parece que sí… - Dijo Sara sin siquiera mirar a su amiga.
 - Venga que te ayudo -. En ese momento sonó el timbre y mientras el resto de alumnos (Diego incluido pero sin quitar el gesto de satisfacción de su rostro) se marchaban a sus aulas, Vera se quedó ayudando a su amiga a coger y guardar las cosas.

   Al ir para clase, Diego no estaba aún lo suficientemente orgulloso de su trabajo con la taquilla y le dijo a sus colegas que ahora iba dando media vuelta. Oculto tras una de las esquinas del pasillo se quedó observando a Sara y Vera recogiendo todo.

   A su espalda notó unos pasos que corrían hacia donde él estaba. Se giró rápidamente y vio a un chico parado a unos 3 metros. De un salto, Diego se apartó, asustado. El chico tendría su misma edad pero vestía de una manera anticuada y tenía mala cara;
 - Pero, ¿qué…? ¿Quién eres?, lárgate que me estás molestando anda…  – dijo Diego volviendo a asomarse para observar a las dos chicas.
El chico miró hacia la zona donde estaban Sara y Vera  y volvió a mirar para Diego.
 - Las personas como tú nunca tienen un buen final –.
El espía volvió su cabeza y con una mirada amenazante le dijo al chico:
 - Mira niñato, o te largas de aquí y me dejas en paz con esas gilipolleces o… - no pudo acabar la frase porque el chico se estaba subiendo lentamente la manga dejando a la vista una larga cicatriz en su brazo –.  ¿Qué haces, qué haces ahora? – Tras eso, de la parte de atrás de su pantalón sacó una pequeña navaja.
 - Eh, eh, chaval, vale… no quiero ninguna clase de lio de este tipo. El niño se la acercó al brazo y ante el asombro de Diego se abrió la cicatriz.

   Su brazo de inmediato comenzó a doler justo en la misma zona en la que el chico estaba haciendo eso. El dolor no paraba y aumentaba cada vez más de intensidad hasta que se hacía prácticamente imposible de aguantar. Se subió la manga de la chaqueta y vio una gran herida en el brazo. La misma herida que tenía ese muchacho. Diego soltó un gran grito de dolor a la vez que Sara y Vera se giraban asustadas para ver de dónde provenía tal alarido. Le vieron sujetándose el brazo mientras gritaba.

   De golpe todo se calmó; su brazo lejos de dolerle como hacía 5 segundos lo único que sentía era quemazón y el chico había desaparecido.
 - ¡¿Es que no le habéis visto?! ¡¿Habéis visto lo que me ha hecho?! – Dijo Diego esperando su cooperación.
 - ¿Ver? ¿Ver el qué? ¿Estás bien? – Preguntó Vera con cierto desconcierto.
Diego miró para todos lados buscando a ese chico pero no encontró más que las miradas extrañadas de Vera y Sara. No sabía qué estaba sucediendo y simplemente suponer que ellas dos estuvieran pensando que estaba volviéndose loco le ponía mucho más furioso que lo que fuera que quisiera ese chico.
 - ¡Bah! ¡Dejadme en paz, niñatas! - Dijo mientras se daba media vuelta y se iba a paso ligero mirando para todos lados y, de vez en cuando, girando la cabeza para mirar con desprecio a las dos chicas.

   (14 de Diciembre de 1990)

   Al llegar hoy a clase lo primero que tuve que ver fueron las miradas de orgullo y satisfacción en sus caras. Como si lo que me hicieron ayer fuera una medallita más en su lista de objetivos para acabar conmigo. Esas miradas… como si lo hubieran hecho bien en la vida; aplaudiéndose a sí mismos en sus cabezas, seguramente, y planeando en momento y el lugar para tachar otro de sus propósitos.

   [23 de Octubre de 2013]

   Desde lo que le había pasado hacía una semana aproximadamente, el comportamiento de Diego había empeorado. Ahora se encargaba de meterse con otros chicos y chicas del centro, en las clases se las pasaba volviendo locos a los profesores, sus visitas a jefatura habían aumentado y su aspecto físico también había cambiado. Estaba mucho más descuidado. Cuando le veían por los pasillos se comportaba como si le estuvieran vigilando porque no paraba de mirar para todos lados; a veces, incluso, aligeraba el paso cuando se veía caminando solo por ellos.

   Tras la clase de Tecnología de ese día, Vera le había dicho a Sara que se iba a ir a la hora siguiente a la biblioteca a estudiar para el examen de francés que tenían  el viernes. Sara recogió sus cosas y se marchó hacia su clase para hacer unos ejercicios y así quitarlos de en medio para el día siguiente.

   Cuando iba por el pasillo notó que la estaban siguiendo. Al girarse vio a Diego con un aspecto bastante lamentable y que se dirigía hacia ella. Volvió a girarse y acelerar el paso. Cuando ella aceleraba, él también. Sara estaba asustada porque sabía que algo malo le iba a hacer y echó a correr pero no le dio tiempo. En seguida la alcanzó y la empujó contra la pared. Sus cosas se cayeron por el suelo y Diego la agarró fuerte por el brazo.
 -¡¿Creías que lo único que te iba a pasar después de lo de gimnasia era lo de la taquilla, niñata?!- le gritó a la cara Diego mientras ella intentaba con todas sus fuerzas escapar de su agresor.

   En un momento de descuido, Sara consiguió escabullirse y salir corriendo. Corrió con todas sus fuerzas y se metió en los vestuarios de las chicas que estaban al lado del gimnasio, cerró el portón y se escondió en los vestuarios de las chicas. No sabía qué hacer y si la encontraría. Rezaba porque eso no sucediera.

   El portón se abrió. Sara empezó a escuchar unos pasos que se detenían frente a la puerta del vestuario. No podía dejar de llorar y temblar.
 - Saaaaraaaaaa… - canturreó –. Sé que estás aquí así que sal antes de que te encuentre yo.

   La chica vio la oportunidad de salir de allí si se escapaba corriendo ahora que Diego estaba lejos de la puerta pero cuando fue a salir, la agarró por la cintura y la tiró al suelo.
 - Pero, ¿a dónde ibas? Lo que te va a pasar ahora mismo no va a ser nada malo… - dijo Diego con cierto aire de locura en su mirada –. Seguro que nadie te lo ha hecho nunca;  pero si te portas mal, será mucho peor.
 - Por favor, te lo suplico, déjame en paz, deja que me marche. No tengo nada en contra de ti
 - ¡PERO YO EN CONTRA DE TI, SÍ ¡- dijo inmediatamente el chico. Sara se fue hacia la pared de espaldas. Diego la agarró y la arrastró hacia él mientras ella oponía toda la resistencia que podía entre gritos de terror.
 - ¡Qué te calles, joder! ¡Qué te calles! -  le tapó la boca a lo que Sara respondió con un mordisco que le hizo gritar de dolor. Aprovechó para intentar escapar pero él en seguida se dio cuenta y la arrastró de nuevo hacia donde estaba.
 - Te vas a enterar… - con fuerza la echó contra el suelo y se puso encima de ella, agarrándole las manos para bloquearla.  Sara no dejaba de gritar, llorar y retorcerse para escapar y cada movimiento que hacía, él la bloqueaba con aún más fuerza.
 - ¿Te gusta esto, eh? ¿Te gusta? – dijo el chico mientras intentaba ir más lejos.

   En ese momento Diego escuchó un sonido a sus espaladas; como si uno de los espejos hubiera caído al suelo y se hubiera roto. Se incorporó un poco y giró la cabeza. Allí estaba. Era otra vez ese chico.
 - “¿No tuviste suficiente?” – dijo el muchacho.
 -¡¿Qué?! ¡¿Otra vez tú?! ¡Déjame en paz, chalado! – de inmediato, Diego se quitó de encima de Sara, la cual aprovechó el momento para alejarse arrastrándose por el suelo hasta que su espalda chocó con la pared. No entendía nada; ni qué estaba pasando ni con quién estaba hablando Diego. Ella no veía a nadie…
 - “Intenté advertirte pero los chicos como tú habéis nacido para hacer daño” – Desapareció de detrás de Diego mientras éste seguía escuchando sus palabras como si se estuviera moviendo de un lado para otro. Le escuchaba en las paredes, le veía aparecer y desaparecer en los espejos. Se estaba volviendo loco.
 - ¡PÁRATE! ¡PARA, PARA, PARA! – Gritó Diego mientras intentaba taparse los oídos; pero esa voz resonaba en su cabeza también.

   El chico se le apareció delante, justo al lado de una Sara que estaba aterrorizada y sin entender nada de lo que estaba viviendo en ese momento. Solo podía ver a Diego como loco mirando para todos lados, girándose bruscamente, tapándose la cabeza y gritando.
 - “Habéis nacido para hacer daño… El mismo daño que me mató”
Diego se paró en seco frente al muchacho. Su desesperación de inmediato se convirtió en un terror atroz. Un terror que le hizo salir espantado del vestuario. En su huida, se encontró de bruces con el profesor de Tecnología que había llegado alertado por los gritos que estaba escuchando provenientes de el vestuario; le empujó y emprendió de nuevo su huida desesperada.

   El profesor entró a ver qué ocurría y qué había sido lo que había aterrorizado al chico. Dentro, se encontró a Sara en el suelo, llorando y temblando de miedo. Estaba desconcertada por todo lo que había sucedido allí dentro en tan poco tiempo. Demasiadas cosas que asimilar y a la vez con miedo de que esto volviera a suceder.

   (20 de Diciembre de 1990)

   Mi paciencia tiene un límite y ese límite será mañana. Esto no tiene solución… Si alguna vez alguien encuentra este diario que sepan que lo que voy a hacer es la única manera para encontrar la felicidad y la tranquilidad. Y sabéis todo lo que estoy sufriendo. Estoy solo… Mis padres hoy me han dicho que me cambiarían de instituto al año que viene pero ya… Ya es tarde…

   [28 de Octubre de 2013]

   Casi  5 días hacía que había pasado lo del vestuario. El mismo tiempo que hacía que alguien viera a Diego por última vez. El viernes pasado sus padres habían estado en el centro para preguntar por su hijo por si alguien sabía algo de él y para que les ayudaran a encontrarle.

   Sara por su parte aún estaba algo afectada pero, al no volver a verle, evitaba volver a recordar algo de lo que allí sucediera. Vera y ella se dirigieron a su siguiente clase. Los colegas de Diego estaban sentados juntos, al final de la clase como de costumbre y tenían expresiones muy diferentes a las habituales. Esa actitud altiva y de desprecio hacia los demás se había transformado en una actitud seria; se habían vuelto pequeños. Sin su cabecilla estaban acobardados.

   El profesor les había mandado ponerse por parejas a todos en clase para hacer un ejercicio cuando de golpe y sin esperarlo nadie, la puerta de la clase se abrió. Todas las luces comenzaron a pestañear y cuando volvieron a la normalidad algunas se fundieron. Todo quedó en silencio. Un chico entró en clase. Las luces delanteras se habían quedado apagadas con lo cual no se podía llegar a ver bien su cara.  Sara y Vera sí podían ver que ese chico llevaba una ropa muy desaliñada. Estaba mal vestido, su ropa estaba sucia, por algunas zonas rota.

   El chico se giró lentamente hacia la pizarra, cogió uno de los rotuladores y comenzó a escribir algo: “Este es mi castigo. Yo pagaré por todos los que son como yo. Me he arrepentido pero ya es tarde… “

   Dejó caer el rotulador. Cuando se dio la vuelta, dio unos pasos hacia el frente de la clase y ahora sí pudieron verle la cara. Era Diego. Tenía una expresión  de cansancio, mala cara, ojeras; estaba como hipnotizado. En ese momento, de dentro de su sudadera, sacó una pequeña pistola.

 - Ya tengo lo que me merezco – Justo al terminar de decir la frase, empuñó fuerte el arma, se la acercó a la cabeza y sin perder más tiempo apretó el gatillo…
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   Nota de la autora: Este relato es un ejemplo de lo que pasa a diario en muchos centros escolares de todo el mundo. Las historias y situaciones que se cuentan en este relato están recogidas de casos reales, e incluso situaciones que yo misma he sufrido. El Bullying es algo muy serio. He querido plasmar, no solo una historia sino más de una para que vean lo serio que es. Pero se quedan mucha más en el camino.


   Carla, Arancha, Jokin, Victoria, Rebecca, Federico, Mónica, Amanda, Rehtaeh, Jorge, Marion, Phoebe,… Y otros cientos de niños y niñas que sufrieron este infierno o que ya no están aquí por esta misma causa, ojalá algún día se haga justicia por todos/as  vosotros/as. Y, sobre todo, Jeremy, cuya historia es la base de este relato… Descansad en paz. 

lunes, 21 de diciembre de 2015

“No debiste ignorarlo"

                     


   Carol subía el último tramo de calle. Pedaleaba rápidamente, con energía,… quería llegar a su casa y dar las buenas noticias. La habían seleccionado para el equipo de animadoras de su instituto, algo por lo que llevaba peleando desde hacía un año, entrenándose duro y mejorando día a día.

   Al llegar, tiró la bicicleta y entró a su casa corriendo y gritando: “¡Mamá! ¡Mamá! ¡Lo he conseguido! ¡Soy animadora!” pero su madre, una de las juezas más buenas de la ciudad, aún no había llegado del trabajo. Carol optó por subir sus cosas a su cuarto y bajar a prepararse la merienda para hacer tiempo. De paso cogió su portátil y también lo bajó para hacer los deberes mientras comía.

   Mientras andaba por internet no paraba de salirle las típicas publicidades de juegos arcade, productos adelgazantes y cursillos online de inglés. Al entrar en una de las páginas web una extraña ventana negra le apareció en el centro de la pantalla. Pensando que era otro anuncio dirigió el cursor a la cruz pequeña y roja en la parte superior de la ventana para cerrarla y continuar sus estudios pero algo comenzó a vislumbrarse en la ventana. Una especie de cuarto solo iluminado en el centro por una bombilla que colgaba del techo. Se extrañó un poco pero no la cerró.

   Tras alguna interferencia que Carol interpretó que eran imágenes provenientes de una cámara de seguridad, en la zona oscura de la habitación empezó a aparecer una figura. Parecía un chico al que, cada vez que avanzaba un poco más, se le dibujaban mejor los rasgos hasta el punto que llegó a distinguir que iba vestido con un batín de hospital, como si fuera un enfermo.
Avanzaba lentamente y con la cabeza agachada. En un rápido movimiento de cabeza la levantó, miró para la cámara y exclamó: “¡¡AYÚDAME!!". Carol ahogó un grito, cerró la ventana y el portátil y de un salto se alejó, “Cada vez hacen más realistas los juegos” pensó.

   Asustada subió al baño a lavarse la cara con agua fría y despejarse. Al salir pasó por delante de su cuarto. A través de la puerta entreabierta algo cruzó la habitación rápidamente. Carol se quedó parada un instante, retrocedió y empujó lentamente la puerta. Entró y suspiró tranquila al comprobar que no había nada ni nadie dentro, “qué tonta estoy…” susurró esbozando una sonrisa. Pero no había llegado a cruzar el umbral de la puerta cuando un sonido proveniente del armario la hizo volver a pararse en seco. La sonrisa desapareció y una mueca de miedo se dibujó en su cara. Agarró lentamente un paraguas que tenía al lado de la puerta, se giró y se dirigió lentamente al armario. Cuando llegó a la altura del armario, empuñó con fuerza el paraguas dispuesta a pegar a aquello que se hubiera colado en su cuarto y giró el pomo.

   Abrió rápidamente, decidida y a la vez que lanzaba un grito empezó a golpear el aire con fuerza  con el paraguas hasta que fue consciente que no había nada dentro. Pero no estaba todo igual. Por el rabilo del ojo veía algo que no estaba, algo que no era suyo…justo donde se encontraba el espejo interior del armario. Giró la cabeza lentamente. La mueca de miedo de su rostro se transformó de inmediato en terror. Había algo escrito en el espejo, algo que la dejó helada:

NO DEBISTE IGNORARLO”

   Un aire frío recorrió su nuca. Se giró. Su grito se perdió…

   Elisa llegó a su casa del trabajo dispuesta a besar a su hija, ponerse cómoda y comer algo ante las protestas de su estómago. Al entrar vio que su hija ya había llegado:
- ¡Carol! ¡Ya estoy aquí cariño! – Pero nadie contestó.

   Entró en la cocina y un pequeño ruido proveniente del portátil la alarmó; “¡Email!” pensó y se lanzó a abrirlo. Al encender el ordenador la ventana negra reapareció en el centro de la pantalla.

   Extrañada fue a cerrarla pero empezaron a dibujarse unas extrañas imágenes. Un cuarto, una sola luz central y una chica con batín de hospital en el centro, sentada bajo esa luz, y con la cabeza agachada.

   En un rápido movimiento de cabeza miró a la cámara:


“MAMÁ NO ME IGNORES"



(Imágen: Película "Unfriended")

domingo, 13 de diciembre de 2015

El secreto ( 2ª parte )


   
   Pablo no sabía qué hacer ni qué pensar...
- ¡¿Qué me está pasando?! ¡¿Quién eres tú?!- gritó desesperado a ese niño. Ese niño, ¡volvía a ser él de pequeño! Tan pronto como se dejó ver claramente, desapareció. La desesperación de Pablo no podía hacer nada más que ir en aumento...

   Se dirigió al baño, temblando, para aclararse las manos manchadas de sangre "¿Y la herida?" Había desaparecido completamente. Sólo quedaba una cicatriz de una herida parecida que, por el aspecto, hacía mucho que se había curado.

   De golpe, oyó un ruido en el piso de abajo. Atropelladamente bajó por las escaleras. Estaba convencido que era ese maldito niño de nuevo. Pero no; su hermana miraba asustada su cara desencajada y su temblor.
- ¡¡Pablo!! ¡¿Qué te ocurre?!
-¿Le has visto? ¿Le has visto? Has tenido que verlo como yo... ¡¡dime que sí!!
-¡¿Ver a quién, Pablo?! ¿¿Qué te ocurre??
Pablo estaba confuso, nervioso. Su hermana lo agarró del brazo y lo llevó al sofá.
-Te prepararé algo para que te tranquilices y me lo expliques, no te muevas de ahí

   La chica fue a la cocina a prepararle una infusión que pudiera relajar a su hermano. Quería saber que le ocurría. Por qué estaba así. La tenía verdaderamente asustada. Buscó por los armarios las infusiones pero no las encontraba, hasta que vio al lado de la mesa del comedor un pequeño armario y probó suerte allí. 
Dentro no estaban pero lo que sí estaba era una caja blanca que no estaba bien cerrada. Le llamó la atención, así que la cogió, a pesar de que pesaba bastante.

   Cuando la destapó encontró unas cuantas bolsas transparentes llenas de objetos y fotos. Eran chicas. En cada bolsa había una foto de una chica y unos cuantos objetos: anillos, pulseras, mechones de pelo, un colgante...

   Decidió preguntarle a su hermano porque eso era realmente extraño. Cogió la caja y fue al salón. Pablo seguía en el sofá sentado, parecía más tranquilo y había dejado de temblar.
-Pablo, ¿qué es esto?
Él levantó la vista y miró la caja extrañado, "¿qué era eso?". Se acercó. En cuanto vio a todas esas chicas, esos objetos... todo cobró sentido. Un profundo escalofrío recorrió su cuerpo. Se giró, ese niño estaba ahí de nuevo. 
   
   Tu secreto ya no existe


   Las imágenes comenzaron a llenar la mente de Pablo. Eran chicas, gritando, peleando... las intentaba matar. Y lo conseguía. Diferentes chicas, diferentes sitios....las escenas se hacían más y más intensas. Los gritos y llantos llenaban la mente de Pablo. Los ojos llenos de pánico de esas chicas...

   Abrió los ojos. Tenía la cabeza agarrada con las manos y estaba arrodillado en el suelo. Su hermana no dejaba de moverlo.
-¡Pablo! ¡Pablo! ¡¿Qué te pasa?!
Sin escuchar a su hermana se levantó. La chica tocó el hombro de Pablo a lo que él se giró. Sus facciones habían cambiado. Su actitud había cambiado. Era el mismo cuerpo, pero no la misma alma. Sus ojos ya no transmitían miedo; reflejaban frialdad.
-¿Pablo?...
-¿Quién es ese?

   Horas después, Pablo estaba recogiendo el salón. Cogió la caja y la puso sobre el sofá. Guardó un anillo y una pulsera en una de las bolsitas de plástico y la guardó con las demás en la caja. La llevó a la cocina y la guardó en su sitio.

   Después subió a su cuarto y se echó en la cama. Era tarde.
   Volvió a tener terribles pesadillas toda la noche hasta que por la mañana despertó nervioso y sudoroso. Miró a un lado y a otro "¿Dónde se metió ese niño? ¿Qué quiere que descubra?".

   Era como si no hubiera pasado el tiempo. Lo único que recordaba era a ese niño hablándole y sus manos manchadas de sangre. 

sábado, 5 de diciembre de 2015

El secreto




   A veces un sueño puede descubrir una verdad oculta de la que podemos no ser conscientes...

   Pablo se encontró caminando por un largo y oscuro pasillo ligeramente alumbrado por un halo azul de procedencia incierta. A cada paso su cuerpo iba enfriándose un poco más... incluso veía su propio aliento. A cada paso parecía que el pasillo se alejaba un poco más...

   Por fin consiguió alcanzar el final; aún así el largo pasillo giraba a la derecha. Antes de caminar por él, se asomó ligeramente. Una luz blanca intermitente lo iluminaba todo. Cuando se dispuso a caminar por él observó que había una serie de puertas, a ambos lados, estrechas, de madera y con una serie de números.

   La número uno quedaba a la derecha, la dos a la izquierda y así sucesivamente. Intentó abrir la puerta 1 pero estaba completamente cerrada. La dos, lo mismo. No había ninguna abierta. Se dio cuenta que ese pasillo no tenía salida; sólo lo finalizaba una puerta central. Una puerta que no tenía número.

   Se giró para volver sobre sus pasos y un ligero "!Clic!" sonó desde la puerta número uno. La puerta se abrió lentamente. Pablo se acercó con cautela. Se asomó y vio que era un cuarto vacío. En el suelo sentado, estaba de espaldas a él un niño. Sin esperarlo, comenzó a escuchar una suave melodía. Provenía de algo q tenía el niño entre las manos. Quiso saber quién era ese niño y caminó hacia él. La música sonaba cada vez más fuerte, cada vez más fuerte, cada vez más fuerte... y de repente, cuando estaba a punto de tocar el hombro del niño, la música cesó. Eso le frenó e hizo que diera unos pasos hacia atrás.

   El niño comenzó a levantarse, agarrando fuertemente "eso" que emitió aquella música. Se fue girando sobre sus pasos hasta que se puso frente a Pablo, el cual sintió un escalofrío como nunca antes. Ese niño no tenía ojos, ni boca... no tenía rasgos, sólo una gran sombra negra que cubría todo el rostro. Pablo retrocedió un poco más. La música volvió a emanar de lo que este niño mantenía sujeto pero esta vez mucho más desafinada. Inundó toda la habitación en unos pocos segundos. Pablo echó a correr cerrando la puerta a su espalda, de un portazo. Su rostro al salir estaba pálido y todo su cuerpo temblaba.

   La puerta de en frente, la número 2, hizo "¡Clic!" y lentamente comenzó a abrirse. Pablo dudó unos instantes hasta que se decidió a entrar. Era otro cuarto oscuro. Al fondo había una cama de hospital con lo que parecía un papel sobre ella. Se acercó a la cama y vio que esa pequeña nota llevaba su nombre. La cogió y en ella ponía: "¿Todavía estás dispuesto a continuar?". No entendía qué quería decir y algo le hizo poner su mirada en la puerta. Era ese niño otra vez pero ésta vez sí tenía rostro. "No puede ser", pensó Pablo; era él de pequeño.

   Ese niño corrió hasta la cama y se metió en ella. Pablo retrocedió y salió corriendo de nuevo de la habitación. Se aseguró de que la puerta estaba cerrada. Aunque él creía saber qué pasaría en ese momento, prefirió pensar que ya no se abriría ninguna puerta más; pero se equivocó. La tercera puerta comenzó a abrirse lentamente.

   Pablo no quería saber qué le deparaba esa habitación por lo que se dispuso a huir por el pasillo de vuelta pero..... ¡No había pasillo! No le quedaba más remedió que llegar hasta el final de esos cuartos. Se dirigió al tercero y entró sigilosamente.

   No le hizo falta llegar a cruzar el umbral porque la visión que tuvo le echó para atrás al momento. Un montón de cadáveres de chicas y todo el cuarto repleto de sangre. Por lo que cerró la puerta de golpe. Y la cuarta se abrió casi de inmediato. "Sea lo que sea esto -pensó- quiero irme ¡YA!".

   Terminó de empujar la puerta de la cuarta habitación y cuando se asomó vio una escena que recordó casi de momento; él y su madre estaban en el salón y en ese momento llegaba a casa su padre con un gran saco al hombro. Su madre le preguntaba qué era y él la empujaba sobre el sofá bajo la aterrada mirada del niño pequeño. Su padre se iba al jardín trasero lo que él de pequeño no vio ya que estaba con su madre en el salón. Tiraba el saco a un gran pozo y se volvía para dentro de la casa. Pablo salía de inmediato del cuarto. Cada vez estaba confundido. La puerta cinco comenzó a abrirse. Ésta vez entró más decidido y se encontró con un gran pozo en el centro del cuarto oscuro. Esa extraña melodía comenzó a sonar y del pozo comenzó a surgir una figura que poco a poco tomó la forma de una chica joven. La música cesó y la chica se puso al lado del pozo. Comenzó a sonar la música de nuevo y otra chica salió del pozo y se puso al lado de éste. Así ocurrió hasta seis veces. Se fijó en que ninguna de ellas tenía ojos. Sólo dos manchas negras. De una de las chicas comenzó a salir un líquido rojo del pecho. De dos de ellas comenzó a salir de la cabeza. De otras dos, de la espalda y de la última, del cuello. De repente las seis ahogaron un grito al unísono y Pablo salió corriendo del cuarto.

   La puerta seis se abrió.

   El joven terminó de empujarla. En el centro había un sofá de espaldas a la puerta y alguien sentado del que sólo alcanzaba a ver de hombros para arriba. Se oía un sonido de fondo como si ese personaje afilara la hoja de algún arma. Tras cesar, un sonido seco cortó el ambiente y rodando por el suelo apareció una cabeza de una chica. Al volver a mirar para el sofá este hombre ya no estaba. Pablo miró nervioso para todos lados. Lo único que deseaba era salir de allí, quería despertar de aquella pesadilla, no quería continuar. Se dio media vuelta para salir de ese lugar pero frente a ella estaba el hombre del sofá empuñando una gran hacha. Cerró la puerta de golpe. Todo se oscureció.

   Pablo despertó sobresaltado sobre su cama. Estaba alterado. Intentó tranquilizarse como pudo. No podía sacarse esas imágenes de la cabeza. Se fue a refrescar. Se miró las manos y por un instante le pareció ver que había sangre en ellas. Se mojó la cara y volvió a la cama.

   Estirado sobre ella intentaba conciliar de nuevo el sueño pero estaba demasiado aterrado para ello. No quería volver a soñar aquello. Por su cabeza rondaba sólo una pregunta: ¿Qué significaba ese sueño?

   A la mañana siguiente despertó sintiéndose mejor tras haberse vuelto a dormir sin volver a tener esa pesadilla. Se preparó, cogió su bicicleta y se marchó a despejar la mente. Iba por una carretera solitaria cuando de repente algo le hizo dar un frenazo y casi caerse de la bicicleta. Algo cruzó la carretera a mucha velocidad delante de él. Dejó la bicicleta a un lado y se fue a investigar qué había pasado por allí. Cuando se acercó observó que había mucha vegetación pero algo desentonaba; un bulto negro. Creía que podía ser algún tipo de animal herido así que se acercó. Conforme estaba más cerca la idea de que fuera un animal se le iba cayendo. Era algo de plástico.

   Cuando se situó al lado observó que era una bolsa negra entre larga. Su curiosidad le llevó a saber que contenía. Fue desenvolviendo poco a poco y algo le hizo frenar... ¡Un brazo! un brazo humano se escapó de esa bolsa. Pablo salió corriendo, cogió la bicicleta y huyó atemorizado del lugar.

   Cuando llegó a su casa no podía dejar de pensar en lo que acababa de encontrar. Algo le decía que no debía llamar a la policía y no sabía qué hacer.

   Un fuerte golpe en el jardín lo sacó de su ensimismamiento. Salió a ver qué había sucedido y alcanzó a ver a alguien dando la vuelta a su casa. Corrió pensando en que se podían haber colado en su jardín. Ese ser estaba de pie frente la entrada al sótano. Era pequeño, como un niño. Éste giró su cabeza y miró hacia Pablo. De pronto, se esfumó. Delante de sus ojos, desapareció, pero vio que las puertas del sótano se habían abierto.

   Bajó y a los pies de una estantería de madera observó otro par de bultos negros.

   No quería pensar que fueran igual que el de la carretera. Se acercó pero sólo con ver la forma y el plástico negro un escalofrío lo paralizó. En su propia casa, pero, ¿Qué estaba ocurriendo? ¿De quienes eran esos cadáveres? ¿Por qué sólo los encontraba él?

   Tras recuperarse salió huyendo de aquel sótano. Aquel ser estaba ahí, de nuevo, de pie frente la puerta principal.

   Ya estaba harto. Echó a correr hacia ese ser pero desapareció casi al instante que se había puesto a correr. Algo le hizo mirar hacia su casa. Desde la ventana de su habitación le estaba observando. Pablo corrió hacia arriba. Cuando llegó no había nada ni nadie y las puertas de su armario estaban abiertas de par en par y de su interior emanaba una ligera luz. Se asomó y vio que la luz salía del fondo. Lo rompió poco a poco, metió la mano y tocó algo de plástico.

   No podía ser. Sacó su mano tan rápidamente que se hizo un corte en la palma derecha. "Otra vez, otra vez..." otro cadáver y en su propio cuarto...

   Se miró las manos y las vio llenas de sangre. Al levantar la mirada ahí estaba ese ser que ya por fin aparecía con una forma definida. Era el niño...el niño de su pesadilla. 
 -"¿Aún sigues queriendo llegar hasta el final?"...


   CONTINUARÁ...

viernes, 4 de diciembre de 2015

El último caso




   A veces los sueños pueden ser más reales de lo que puedas imaginar...

   Esa mañana había amanecido un tanto nublada. En ocasiones se dejaba ver algún pequeño rayo de sol que pronto desaparecía. "La verdad es que el verano ha comenzado regular" pensó Ana asomada por la ventana de su habitación. Era temprano pero hoy tenía un trabajo importante que hacer. Su jefa la había mandado a cubrir un hospital donde sucedían cosas bastante extrañas.

   Tras un buen desayuno, Ana montó en su coche dirección a su cita. Aquel lugar estaba especialmente lejos y apartado de la ciudad. Cuando se construyó, la gente de lo que por aquel entonces era un pequeño pueblecito dejó claro que no querían tener ese hospital al alcance de la vista. Unos porque lo creían obra del demonio; otros simplemente consideraban a sus enfermos hijos del propio Lucifer; otros decían que allí estaba el infierno. Pero lo cierto es que allí estaban ingresadas personas con problemas y enfermedades bastante extrañas. Así pues lo llamaron "Centro T.F.C" (Centro de Trastornos Fuera de lo Común). Y hacia allí se dirigía Ana.

   Cuánto más se acercaba a ese emplazamiento, el paisaje se iba oscureciendo. Hasta que llegó a un camino recto en cuyo final se vislumbraba el hospital. Su aspecto era antiguo. Su piedra se había oscurecido con el tiempo y por uno de los laterales había crecido bastante vegetación. Cuando Ana se fijó en la entrada vio que había una mujer, de pie, que sonreía ligeramente y que seguía con la vista su coche. Aparcó y se dirigió a ella.

 - Buenas tardes, señorita. Usted debe ser Ana, si no recuerdo mal- Comenzó la mujer. 
 - ¡Buenas tardes! Sí, soy Ana y usted debe ser...- no le dio tiempo a terminar cuando la mujer la cogió suavemente del brazo y la condujo al interior mientras terminaba la frase de la periodista: 
 -La directora del centro, sí - y volvió a esbozar una leve sonrisa.

   Durante un par de horas le estuvo comentando como era el trabajo en aquel extraño lugar. Le enseñó todo la planta baja y, al final, acabaron en una salita tomando café. A Ana le extrañaba que no había mencionado casi a los enfermos y que no había rastro de ellos. Entonces preguntó: 
 - Perdone, me he dado cuenta de que no hay ningún enfermo paseando por el jardín ni por aquí. 
 - Verá, es que los tenemos en los pisos superiores. Sólo bajan tras las comidas y meriendas. Y, en estos momentos, nos tienen un poco desbordados - comentó la mujer un tanto agobiada. 
 - ¿Si? ¿Ha habido algún problema? 
 - Desde que ha trascendido que aquí ocurren cosas extrañas, o eso dicen, las visitas de extraños y periodistas son diarias. Los enfermos están alterados. Y si añadimos que el número de enfermos aumenta solo...-. Éstas últimas palabras provocaron que el corazón de Ana se acelerara. 
- Eh... ¿el número de enfermos aumenta sólo? 
- Sí. Cada día vemos enfermos nuevos. No sabemos cómo aparecen pero tienen incluso sus fichas redactadas al pie de sus camas.

   Después del impacto de lo que acababa de oír, la mujer le dejó ir a visitar a los enfermos mientras ella iba a ayudar a preparar la comida. También le dijo que no solía acompañar a los visitantes a la salida; que ya se verían otro día.

   Ana entró en el solitario pasillo del segundo piso. Por cada habitación que pasaba veía cosas más extrañas. Algunas personas se encontraban de pie, caminando, otras echadas en posición fetal. Algunas estaban atadas a la cama de pies y manos y agitaban sus cuerpos con una rapidez y fuerza impresionante y soltando alguna que otra palabra malsonante. Ella lo iba apuntando todo. Subió al tercer y último piso. Lo extraño es que solo había una habitación al fondo del pasillo.

   Cuando se colocó frente a ella, leyó un cartel que había en la pared: "Aislamiento". Pero lo extraño era que la puerta se desbloqueó ante sus ojos. Dudó qué hacer pero, finalmente, se decidió a asomarse.

   Sobre una cama estaba lo que parecía una chica, boca arriba y muy rígida. Se acercó un poco más y se fijó en que su tono de piel no tenía un color normal. Era verdoso y claro. Su cara tenía cicatrices, heridas recientes... Cuándo se puso frente al lado izquierdo de la cama se extrañó aún más. ¡No respiraba! La chica no respiraba. Se giró para llamar a una enfermera. La llamó a gritos. Cuando volvió a girarse a la chica estaba sentada sobre la cama lo que hizo que Ana saltara del susto. Ahora sí respiraba pero sus ojos seguían cerrados. Se acercó a ella para preguntarle si estaba bien. La chica, cuando la tuvo cerca, la agarró por los brazos. Ella hizo lo imposible para que la soltara pero la agarraba fuertemente. La chica se la acercó y abrió la boca. La boca de Ana se abrió sin ella controlarlo. No podía controlar su cuerpo. De la boca de Ana salió un humo negro, muy oscuro y se empezó a sentir cada vez más débil. Ese humo entró por la boca de la chica. Los ojos de ambas se pusieron de un rojo intenso. Pronto todo acabó...

   El coche llegó rápidamente al hospital. Julia estaba lista para recibir a su hija que por fin había recibido el alta. Cuándo la vio aparecer le dio un gran abrazo y juntas se subieron al coche dispuestas a recuperar el tiempo perdido.

La habitación de ésta chica por fin curada, no se quedó vacía. Se ocupó de inmediato.

Pero nunca volvió a aumentar el número de enfermos sólo... 

[ Foto: videojuego Silent Hill 2]

jueves, 3 de diciembre de 2015

¿Quién eres?





   El instituto. Lugar de estudio, conocimientos, amistades y... ¿fantasmas?

   Ese día prometía ser como otros tantos. La rutina de siempre. Tras el corto recreo y la posterior marabunta de chicos y chicas que se agolpaban para subir por las escaleras, Bea y Lucía sabían que por la hora que era y por todo lo que debían esperar mientras la masa de personas se iba disolviendo, llegarían más que tarde a clase de Educación física. Hoy tocaba clase teórica en el aula.

   Cuando llegaron, al profesor todavía se le veía venir por el fondo del pasillo así que entraron tranquilamente a clase.

   Con la llegada del profesor, todo el alboroto se calmó en cuestión de segundos; los mismos que tardó él en llamar a su mesa a las dos chicas: 
 -Necesitamos un par de balones medicinales para la clase, ¿vais a por ellos, chicas? - A lo que Lucía contestó con un sonoro "¡claro!"-. Les dio las dos llaves que necesitaban para abrir las puertas del gimnasio.

   Cuando llegaron al portón verde comprobaron que realmente estaba cerrado, no fuera que estuviera otro grupo utilizando el gimnasio. Entraron y Lucía le pidió a Bea que abriera el vestuario porque tenía que recoger algo que se había olvidado el día anterior; mientras, Bea abriría la puerta del gimnasio.

   Cuando entraron notaron una fuerte corriente de aire aún estando las ventanas cerradas. Un aire muy frío se había apoderado del lugar y estaba haciendo que las dos chicas sintieran escalofríos. Avanzaron lentamente y cuando estaban a punto de girar la esquina del gimnasio para coger los dos balones vieron algo que las dejó paralizadas. En el suelo, sentada, se encontraba una niña. Estaba con las piernas estiradas y se pasaba uno de los balones medicinales de una mano a la otra por el suelo. La pequeña no tendría más de 10 años de edad, rubia, rizosa...vestía un uniforme un tanto extraño que no llegaban a intuir bien y su aspecto era algo antiguo.

   Bea se armó de valor y decidió preguntarle algo: 
 -¡Hola! ¿Te has quedado encerrada?- pese que la actitud de la niña era tranquila y alegre, Bea no supo qué más preguntarle. No hubo respuesta pero sí reacción. La pequeña se levantó lentamente, agarró el balón, sin esfuerzo pese a ser uno de los balones medicinales más pesados, y comenzó a avanzar hacia ellas dos.

   Las ganas de salir huyendo de allí de ambas chicas iban en aumento conforme la chiquilla se acercaba a ellas pero no podían; sus cuerpos no les respondían. Estaban paralizadas y no podían quitarle ojo. La niña llegó a la altura de las dos chicas y les dedicó una amplia pero estremecedora sonrisa. Extendió sus brazos y le entregó el balón a Bea que lo recogió sobrecogida.

   La pequeña giró a la par que sus rizos se movían con aire fantasmal y salió corriendo. Ninguna de las dos intentó darse la vuelta. Tras ellas oían los pasos de aquella cría fantasmal. Se oyeron durante segundos, siempre con la misma intensidad, como si no se moviera de sus espaldas, y cesaron de golpe.

   Pasaron varios minutos en los que las dos chicas se veían incapaces de moverse. Tenían miedo a girarse y que, ese cese repentino de los pasos, indicara que la pequeña estuviera quieta, esperándolas tras ellas y fijando su miradita en sus nucas.

   El frío fue desapareciendo dejando paso a un aire caliente propio de la estación veraniega en la que se encontraban. Sus cuerpos por fin respondieron; se miraron a los ojos y salieron corriendo escaleras arriba hasta la clase, olvidando aquello a por lo que habían ido. 


   Cuando entraron, el profesor se fijó en que el semblante de las dos chicas era de un tono pálido bastante preocupante. 
 - ¿Estáis bien?- preguntó. Bea indicó con un gesto de cabeza que sí; ni siquiera les preguntó por los balones. 

   Cuando la clase finalizó, el profesor las llamó para hablar al departamento. Lucía se mostró reacia a ir, por lo que Bea se dirigió al profesor excusando a Lucía.
 -Lucía no viene porque tiene un examen ahora mismo.
 -Bea, ¿Os pasó algo ahí abajo?- le preguntó pero no pudo contestar -. Mira, creo que sé que pudo pasaros allí...es por la cría, ¿verdad?-. La cara de Lucía a esa pregunta respondió más que un simple "sí" -. Muchos de los profesores que estamos o han pasado por aquí, han tenido varios encontronazos con esa niña. Yo no sé quién puede ser ni qué puede ser pero es sobrecogedora... su mirada, su uniforme,... Si de verdad es ella lo que os ha pasado, tranquilas, no estáis locas.

Pasaron un par de años. Bea aún seguía en el instituto, cursando cuarto de la ESO mientras que Lucía se había cambiado a otro instituto. Nunca volvieron a hablar de aquel día.

La profesora mandó a Bea a por unos cuantos folios para un examen a secretaría. La mujer que se encontraba allí la atendió cordialmente; ya se conocían bien. Bea recogió sus folios y se dio media vuelta. Caminando por el solitario pasillo volvió a sentir algo que llevaba tiempo sin sentir. Un frío comenzó a invadir el largo pasillo que conducía hasta la escalera. Bea se giró bruscamente dejando caer varias hojas pero tras ella no había nadie. De golpe todos los ruidos del exterior desaparecieron al tiempo que ella volvía a girarse. Allí estaba otra vez, esa sobrecogedora niña se encontraba a varios metros de ella de nuevo, con su sonrisa, con su uniforme,... Bea se encontraba tan paralizada como la primera vez...no sabía qué hacer, no se podía mover, no podía gritar. ¿Qué quería de ella? ¿Por qué volvía a aparecerse? Ésta vez la niña no se movió, al contrario, comenzó a retroceder. Su mirada cambió, su sonrisa se tornó con un signo de horror y le señaló algo a la chica a sus espaldas. Bea sintió una respiración muy profunda cerca de su nuca. Se giró lentamente y vio a su profesor de gimnasia. Luego, todo oscureció.